Contrabando: el negocio que gana cuando el Estado pierde
Nos quejamos del Estado, pero el contrabando crece porque alguien siempre compra
Esta mañana leía el newsletter de Diligence y una de sus noticias debería encender alarmas mucho más allá de la industria tabacalera: según el estudio elaborado por KPMG para Philip Morris International, 84% de los cigarrillos consumidos en Ecuador son ilícitos. No estamos hablando de una fuga marginal del mercado formal, sino de una distorsión estructural. Cuando ocho de cada diez cigarrillos se venden fuera del circuito legal, lo que colapsa no es solo una categoría, sino la capacidad del Estado para recaudar, regular y controlar.
Ahí es donde el problema deja de ser únicamente comercial y empieza a rozar el terreno del crimen organizado. Durante mucho tiempo he leído cómo la comercialización informal y de contrabando del cigarrillo puede convertirse en un vehículo para lavar dinero del narcotráfico. De acuerdo con lo que revisé para esta columna, el lavado suele explicarse en tres etapas: placement, layering e integration; en español, colocación, ocultamiento y reintegración. Primero se introduce el dinero sucio en algún circuito, luego se le borra el rastro y finalmente reaparece con apariencia de ingreso normal. En otras palabras, el lavado no consiste en limpiar el origen real, sino en fabricar una explicación creíble sobre de dónde salió la plata.
Por eso el contrabando de cigarrillos, o de cualquier otra categoría, no debe verse solo como un atajo para comprar más barato. Es una estructura que mueve efectivo, erosiona trazabilidad y puede convertirse en puente para estructuras criminales más complejas. Cuando 84% del consumo de cigarrillos está en la compra a negocios o vendedores informales, el consumidor también termina siendo parte del problema, aunque no lo perciba así.
El fondo de todo esto no es el cigarrillo. Es el Estado y el mercado. Es el desequilibrio entre tributación, control y precio final. Y también es una advertencia para otras categorías como ropa, zapatos, tecnología o cualquier producto donde lo informal destruye al comercio formal. Hoy muchos minimizan el caso porque se trata de cigarrillos, pero en realidad el problema está en todas partes, ya que, en esencia, apoyar el contrabando de cualquier producto, además de afectar al negocio legal que hace bien las cosas, paga impuestos, sueldos, alquileres y se esfuerza por crecer, también fortalece estructuras criminales.
Normalmente nos quejamos del Gobierno de turno y de sus autoridades, pero comprar contrabando también es parte del problema.



