Cuando el Super Bowl se convierte en un mensaje político
El Super Bowl se transforma en un mensaje político, reflejando la diversidad cultural y la estrategia de marcas hacia Latinoamérica.
Durante décadas, el Super Bowl fue un ritual casi inamovible: fútbol americano, patriotismo, marcas globales y un show de medio tiempo diseñado para una audiencia amplia, pero claramente para el mercado interno estadounidense. Desde hace un tiempo, ese molde ha venido rompiéndose y no es casualidad.
Según varios reportes, la audiencia de la NFL en Estados Unidos está envejeciendo. Para seguir creciendo necesita jóvenes, diversidad cultural y mercados fuera de su frontera natural. Por eso no sorprende que el Super Bowl se haya convertido en una plataforma de expansión global. Partidos en México, Brasil, Canadá o Reino Unido, contenido en español, merchandising localizado y, sobre todo, artistas que conectan con audiencias jóvenes y no anglosajonas. Bad Bunny no llega solo por provocación, también llega por estrategia.
Desde ese ángulo, el show de medio tiempo con Bad Bunny tiene mucho sentido. Representa a públicos que hoy no se sienten parte del viejo relato americano. Y, sumado a Green Day, que también será parte del espectáculo y es abiertamente crítico de Donald Trump, resulta evidente que la NFL no solo está leyendo datos demográficos y tendencias de consumo, sino que está asumiendo una postura cultural y política coherente con la audiencia que quiere conquistar.
Esa postura no pasó desapercibida. Como respuesta simbólica, y más allá de la música, la organización conservadora Turning Point USA organizó en simultáneo un espectáculo alternativo, presentado como un All-American frente al show oficial, con artistas como Kid Rock, Lee Brice, Brantley Gilbert y Gabby Barrett.
El protagonismo de Bad Bunny, entre su postura frente a las políticas migratorias de Estados Unidos y lo que representa como artista latino, ha generado un hype evidente alrededor de lo que veremos este domingo. Sumado a la forma en que Donald Trump interpreta el mundo, casi siempre en términos de blanco o negro, cualquiera que apoye directa o indirectamente el show de medio tiempo queda automáticamente ubicado en el bando contrario.
En ese contexto, me ha llamado la atención cómo varias marcas han empezado a dejar guiños claros hacia Latinoamérica. Duolingo, por ejemplo, reforzó su oferta de clases de español aprovechando una frase que Bad Bunny lanzó cuando se anunció su participación en el medio tiempo, diciendo a la audiencia estadounidense que tenían cuatro meses para aprender español. ELF, por su parte, optó por una campaña construida como una telenovela cómica que celebra la cultura latina y el idioma, usando nostalgia y humor alrededor del show de Bad Bunny para conectar con audiencias diversas. El mensaje es difícil de ignorar.
Entre lo que se ha visto del lado del ICE en las últimas semanas y el hecho de que, según The New York Times, Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, haya dicho que el ICE estará en los alrededores del estadio donde se jugará el Super Bowl, resulta difícil mirar el evento únicamente como un espectáculo deportivo. Hoy el Super Bowl funciona también como un punto de contacto entre política, cultura pop y marcas.
El Super Bowl de este año no es una provocación cultural. Es una señal. Personalmente, estoy de acuerdo con que los países regulen la migración. Ecuador también lo necesita. Incluso resulta irónico ver cómo muchos ecuatorianos critican con dureza a los migrantes venezolanos en situación irregular, pero se indignan cuando Estados Unidos aplica controles similares. La doble moral es evidente. Donde sí encuentro una diferencia clave, y un problema real, es en las formas. El ICE no solo controla, sino que irrumpe, intimida y actúa con una violencia institucional que va mucho más allá de la política migratoria.



