La Croissantería: el arte de hacer croissants en Cuenca
La Croissantería nació en Cuenca como una búsqueda personal de Isabela Mosquera, quien transformó pruebas caseras e ingredientes locales en una marca de croissants artesanales.
Conversamos con Isabela Mosquera, fundadora de La Croissantería, sobre el origen de una marca que nació en una cocina familiar, entre pruebas, ingredientes locales y una búsqueda personal. En esta entrevista comparte cómo convirtió una caja de doce croissants en una propuesta artesanal con identidad propia, los aprendizajes de liderar un equipo de mujeres y su visión de crecer desde Cuenca hacia nuevas ciudades sin perder calidad ni oficio.
¿Cómo nació tu empresa o proyecto y qué necesidad identificaste en el mercado?
La Croissantería nació más como una búsqueda personal que como un negocio. En ese momento yo me sentía perdida, pero sabía que necesitaba crear algo que tuviera que ver conmigo, con mi identidad y con mi forma de ver la vida. No nació de un plan perfecto; nació de una necesidad muy mía.
Durante más de un año viví entre prueba y error, intentando crear un croissant que para mí fuera realmente especial. Hace diez años no era tan fácil encontrar en Cuenca todo lo que hoy tenemos disponible, así que empecé con lo que tenía cerca: productos de la hacienda ganadera de mi familia en Tarqui, como mantequilla, crema de leche y dulce de leche; y también ingredientes de mi jardín, como limones, naranjas, flores comestibles y frutillas. En la cocina de mis papás, todos los días intentaba algo nuevo, hasta que finalmente logré tener lista mi primera caja de doce croissants para entregar.
Recuerdo que en esa etapa trabajaba desde las tres de la mañana hasta las cinco de la tarde para poder cumplir con la producción. Era muchísimo esfuerzo, pero también era una señal de que algo estaba conectando con la gente. La marca empezó a crecer de boca en boca, pedido tras pedido, gracias a personas que probaban el producto y lo recomendaban.
Con el tiempo entendí que la necesidad en el mercado era real: no existía una propuesta especializada, artesanal y cuidada alrededor del croissant. Quería ofrecer algo que no se sintiera industrial ni común, sino hecho con buena materia prima, con detalle, con identidad local y con una historia detrás. Así empezó La Croissantería: en una cocina prestada, usando lo que tenía a la mano, hasta que esa cajita de doce croissants encontró su lugar… y yo también encontré el mío.
¿Qué hace diferente a tu negocio frente a otras opciones de su sector?
Lo que diferencia a La Croissantería es que no buscamos crecer tomando atajos. Para nosotras, la calidad empieza desde la materia prima: no escatimamos en lo que usamos, cuidamos que todo sea puro y elaboramos nuestros productos en nuestra propia cocina, con procesos que nos permiten sostener el sabor, la frescura y el cuidado que la gente espera de nosotros.
También creo que nos diferencia la forma en que construimos la empresa por dentro. Somos un equipo formado por mujeres, y para nosotras es primordial que nuestro cliente interno —nuestras colaboradoras— se sienta cuidado, valorado y parte de lo que estamos construyendo. Porque un buen producto no nace solo de una buena receta; nace también de un equipo que trabaja con compromiso y corazón.
Además, procuramos operar con responsabilidad: mantenemos buenas prácticas de manufactura y, cuando tenemos sobrantes en nuestros locales, buscamos donarlos a espacios donde puedan ser de ayuda. Al final, queremos que La Croissantería no sea solo un lugar donde se venden croissants, sino una marca que cuida lo que hace, a quienes lo hacen y a la comunidad que la rodea.
¿Cuál ha sido uno de los principales retos que has enfrentado y qué aprendiste de esa experiencia?
Uno de los principales retos ha sido entender que un negocio no se construye solo con un buen producto. Yo amo hacer croissants, amo la parte creativa y artesanal, pero con el tiempo he aprendido que el verdadero desafío está en las personas: en formar equipo, cuidar el servicio al cliente y aprender a manejar distintas personalidades todos los días.
Ha sido un aprendizaje constante, porque al final trabajamos con personas y cada persona es un mundo. Cada colaboradora tiene su forma de ser, cada cliente llega con una expectativa distinta, y una como líder tiene que aprender a escuchar, corregir, acompañar y tomar decisiones sin perder la calma ni el corazón.
Lo que he aprendido es que la calidad no está solo en el croissant; también está en la forma en que tratamos al equipo y en cómo hacemos sentir a cada cliente. Ese ha sido uno de los retos más grandes, pero también una de las lecciones más importantes para crecer.
¿Qué papel ha jugado el equipo en la construcción y crecimiento del proyecto?
El equipo ha sido una parte fundamental de La Croissantería. Para mí, el equipo es lo más importante y, al mismo tiempo, lo más desafiante. Porque una empresa no crece solo con un buen producto; crece con personas que lo hacen posible todos los días.
Sin ellas no podríamos ser lo que somos hoy. Cada una ha puesto sus manos, su esfuerzo, su tiempo y su corazón en este proyecto. Por eso siempre les doy gracias por estar en mi camino, por creer en lo que estamos construyendo y por ser parte de lo que aún podemos llegar a ser.
La Croissantería también es fruto de ellas.
¿En qué momento se encuentra hoy la empresa y hacia dónde quiere avanzar en los próximos años?
La Croissantería está en un momento de madurez y reinvención. Durante años pensamos que crecer era simplemente hacer más croissants y llegar a más personas. Pero hemos aprendido —con sudor, esfuerzo y, sobre todo, con lágrimas— que una marca no crece de verdad si antes no fortalece lo que pasa detrás del mostrador.
Hoy estamos haciendo justamente eso: ampliando nuestra producción, incorporando herramientas, maquinaria y personal, y afinando los detalles que nos permiten cuidar mejor al equipo, sostener la calidad y mejorar la experiencia de quienes nos visitan.
Mi sueño es que La Croissantería pueda llegar más lejos: primero consolidarse en Cuenca, luego abrir camino en Guayaquil y Quito, donde tantas personas nos han pedido estar, y algún día cruzar fronteras a través de “franquicias artesanales”, como me gusta llamarlas: una forma de crecer sin perder el cuidado, el oficio y el alma con la que hacemos cada croissant.
Para quienes quieren ponerse un negocio y construir un camino similar, ¿qué consejo les darías?
Mi consejo número uno sería: enfoca toda tu energía en construir algo con paciencia. Parecen palabras opuestas, pero son inseparables. Sin enfoque te dispersas; sin paciencia te desesperas. Y un negocio no se sostiene desde la dispersión ni desde la desesperación.
Nada que dura se construye de un día para otro. Se construye con pasos pequeños, con errores, con ajustes y con decisiones repetidas. Hay que aprender a caminar antes de querer correr.
También creo que hay espacio para todos, pero cada negocio necesita construir algo con una voz propia. No se trata de copiar el camino de otros, sino de encontrar tu esencia, tu manera de servir y tu forma de conectar con la gente. Al final, lo que permanece no es lo que crece más rápido, sino lo que se construye con claridad, paciencia y corazón.



