Michael Jackson: el negocio detrás del mito
La película Michael vuelve a poner en escena el magnetismo de Michael Jackson, pero también abre una lectura empresarial sobre el manejo de su legado.
Hace un par de semanas vi Michael, la nueva película biográfica sobre Michael Jackson. Desde que la vi, sabía que quería escribir para contarles lo que me pareció. Pero esperé hasta que la mayoría pudiera verla. Si aún no la han visto, les recomiendo que lo hagan, aunque también les advierto que en esta columna habrá spoilers.
Fui, como muchos, con la curiosidad de quien creció escuchando sus canciones, viendo sus coreografías y entendiendo que, más allá de cualquier discusión, hay pocos artistas con una huella cultural tan grande. Y en ese sentido, la película funciona. Es entretenida, visualmente potente y, por momentos, se siente casi como un musical. Jaafar Jackson, su sobrino y quien lo interpreta, imita sus movimientos a la perfección y transmite esa mezcla de fragilidad, magnetismo y genialidad que convirtió a Michael Jackson en una figura irrepetible.
Pero cuando sales del cine queda una sensación extraña. La película llega hasta 1988, antes de las acusaciones y los juicios que marcarían los años noventa. Por eso, no se le puede reclamar que no cuente lo que todavía no había ocurrido. El problema es otro. Incluso dentro del periodo que sí aborda, cuenta mucho de su música, pero muy poco de su vida. A esas alturas, ya había tensiones familiares, decisiones difíciles, presión mediática, entrevistas y una relación cada vez más compleja con su propia imagen pública. La película roza algunas de esas zonas, pero prefiere avanzar entre canciones, aplausos y nostalgia, hasta que de pronto se termina, casi como si no quisiera cruzar hacia la parte más difícil de la historia.
Esa incomodidad me llevó a buscar más información. Así llegué al episodio The Resurrection of Michael Jackson, publicado por The Daily, el podcast de The New York Times. En su análisis, explican que esta película no debe entenderse solo como una biopic, sino como la culminación de un proyecto mucho más grande: la reparación de imagen de Michael Jackson y la recuperación comercial de su legado.
Cuando Jackson murió en 2009, no solo dejaba una obra musical monumental. También dejaba una reputación severamente deteriorada, deudas cercanas a los $500 millones y una imagen pública difícil de monetizar. Según el podcast, en ese momento su marca personal estaba prácticamente destruida, aunque su música seguía teniendo un valor cultural inmenso.
Ahí empieza la parte empresarial de la historia. Con Jackson vivo, cualquier intento de negocio cargaba con el riesgo de una nueva polémica, una entrevista incómoda o una conducta difícil de explicar. Con Jackson muerto, el control del relato pasaba a otras manos. Su patrimonio, liderado por John Branca y John McClain, comenzó a convertir su legado en propiedad intelectual explotable. Primero vino This Is It; luego llegaron proyectos como el show de Cirque du Soleil y MJ the Musical, entre otros.
La película Michael aparece entonces como el intento más ambicioso de resetear la marca. Según lo explicado en The Daily, el guion original sí abordaba las acusaciones, pero desde una mirada favorable a Jackson, presentándolo como víctima de familias oportunistas. Sin embargo, una cláusula legal vinculada al acuerdo con la familia Chandler, el primer niño en acusar a Jackson de abuso sexual en 1993, obligó a regrabar y eliminar esa parte.
Con esto, el resultado es una película que termina antes de las acusaciones y se queda en el territorio más seguro. Y quizás por eso funciona tan bien. Funciona porque no obliga al espectador a hacerse preguntas difíciles. Funciona porque permite cantar, recordar, emocionarse y salir del cine con ganas de escuchar Billie Jean, Beat It o Thriller. Funciona porque convierte una vida compleja en una experiencia de consumo más simple. El público no va a juicio; va a un concierto disfrazado de película.
Desde el punto de vista de negocio, el caso es fascinante. La película muestra cómo una marca dañada puede reconstruirse no necesariamente aclarando toda la verdad, sino administrando qué parte de la verdad se cuenta. La nostalgia, cuando se maneja bien, puede ser uno de los activos más rentables del entretenimiento. Pero también puede convertirse en una forma elegante de edición histórica.
Tal vez esa es la pregunta que deja Michael. No solo cuánto vale una marca después de una crisis, sino cuánto estamos dispuestos a olvidar cuando el producto vuelve a emocionarnos.




