Conversamos con Charlie Albán, fundador del Quito Jazz Club, sobre cómo convirtió un espacio de formación musical en un club que reúne a artistas y público en una casa patrimonial de La Mariscal. Con alrededor de 240 conciertos en vivo al año, el proyecto busca fortalecer su sostenibilidad y sus vínculos internacionales. En esta entrevista comparte su apuesta por las sesiones grabadas y nuevas propuestas que conectan el jazz con otras artes.
Cuéntanos brevemente quién eres y cómo empezó tu camino profesional
Soy Charlie Albán, baterista de jazz, educador musical y gestor cultural, fundador del Quito Jazz Club. Mi vínculo con la música comenzó antes de los cuatro años, acompañado por mi padre y mi abuelo materno, quienes despertaron en mí el amor por el arte. A los quince años inicié mi actividad musical profesional. Esa pasión me llevó a estudiar en VanderCook College of Music, en Chicago, donde obtuve mi licenciatura y maestría en Educación Musical.
Al regresar a Ecuador en 2004, fundé el Estudio de Percusión, donde la formación musical convivía con conciertos y encuentros con artistas internacionales. Su teatrino se convirtió en la semilla del Quito Jazz Club, que se consolidó bajo esta identidad en 2021.
A lo largo de más de treinta años de trayectoria artística, he compartido escenario con músicos nacionales e internacionales, entre ellos Randy Brecker y Dave Samuels, y he participado en festivales y encuentros que me han permitido conocer distintas escenas musicales del mundo. Vivir el jazz en otros lugares, descubrir sus clubes y experimentar esa cercanía entre los artistas y el público fue dando forma a un deseo: traer a Quito la esencia de esos espacios, con una identidad propia y un escenario abierto a artistas nacionales e internacionales.
El club es una consecuencia natural de lo que he vivido y de mi amor por el jazz. En una casa patrimonial familiar de La Mariscal, ofrecemos semanalmente conciertos en un formato íntimo. Mi visión es que cada visita permita sentir esa atmósfera que distingue a los clubes de jazz de las grandes ciudades: la cercanía con los músicos, la emoción de la improvisación y la posibilidad de que cada noche sea irrepetible, con el carácter y la calidez de Quito.
¿Cómo surgió la idea del negocio o proyecto y cómo fueron los primeros pasos?
La idea surgió del deseo de darle continuidad a lo que ya sucedía en el teatrino del Estudio de Percusión: músicos que se encontraban para tocar y personas que llegaban a disfrutar de esos conciertos. Quise desarrollar ese espacio hasta convertirlo en un club con identidad propia, donde el público pudiera encontrar jazz en vivo cada semana.
Los primeros pasos se apoyaron en los vínculos que habíamos construido con los músicos y con quienes asistían a los encuentros. A partir de esa base, fuimos dando forma a una programación y a una experiencia que conservara la cercanía del teatrino, junto con la calidez de la casa patrimonial familiar que nos acoge.
En 2021, el proyecto se consolidó bajo el nombre de Quito Jazz Club. La intención era que cada concierto invitara a volver, descubrir a otro artista y sentirse parte del lugar. Así empezamos a construir una comunidad alrededor del jazz.
¿Qué es lo que más valoran los clientes de sus productos o servicios?
Creo que lo que más valora nuestro público es la posibilidad de vivir la música de cerca. El formato íntimo permite apreciar los gestos de los músicos, la complicidad entre ellos y la improvisación que hace único cada concierto. Esa cercanía hace que la experiencia sea especial tanto para quienes conocen el jazz como para quienes lo descubren por primera vez.
La casa patrimonial también tiene un papel importante: sus detalles, su historia y su calidez invitan a quedarse. Todo se reúne para ofrecer un momento en el que uno puede hacer una pausa en la vida cotidiana, detenerse a escuchar y dejarse llevar por lo que sucede en el escenario. En el Quito Jazz Club, cada detalle gira alrededor de esa experiencia.
¿Qué está cambiando en su industria que la mayoría todavía no está viendo y cómo se están preparando ustedes?
Creo que estamos redescubriendo el valor de escuchar con atención. En medio de tanta oferta digital, el interés por el vinilo refleja una búsqueda de experiencias más tangibles: elegir un disco, colocarlo y dedicarle tiempo convierte la escucha en un acto consciente.
Como artistas, nuestro desafío es cuidar esa conexión y aportar sensibilidad, intención y una voz propia. Eso puede suceder con instrumentos acústicos, música electrónica o nuevas herramientas; lo esencial es preservar la capacidad de estar presentes, sentir y crear.
En el Quito Jazz Club fortalecemos esa experiencia cuidando la programación, el sonido y la cercanía con los músicos. Queremos que cada concierto sea una oportunidad para detenerse, escuchar y conectar con lo que está sucediendo. Creo que ese encuentro será cada vez más valioso.
¿Qué está pasando hoy dentro de tu empresa que todavía no se conoce públicamente?
Estamos desarrollando nuevas formas de compartir lo que sucede en el Quito Jazz Club. Una de ellas es Arte, Jazz y Estudio, una propuesta que explora el diálogo entre el jazz y otras disciplinas artísticas para crear nuevas experiencias de encuentro con el público.
También estamos preparando Under the Red Light, una serie de conciertos grabados en formato acústico dentro del club, con artistas de renombre. Queremos llevar a más personas la intimidad de nuestro escenario, con una propuesta de sesiones cercana al espíritu de Tiny Desk. Ya tenemos una primera grabación con Mark Walker.
A estos proyectos se suma una alegría reciente: Jazzefied nos incluyó en su selección de clubes de jazz que hay que visitar en Sudamérica. Es un impulso para seguir fortaleciendo nuestra propuesta y proyectar al Quito Jazz Club como un destino para quienes buscan vivir el jazz de cerca.
¿En qué momento se encuentra hoy la empresa y hacia dónde quieren avanzar en los próximos años?
Hoy el Quito Jazz Club es un proyecto consolidado que, a lo largo de cinco años, ha sostenido un espacio activo para el jazz en vivo. Recibimos entre 400 y 500 visitas mensuales y, con unas veinte noches de programación al mes, ofrecemos alrededor de 240 conciertos al año. Detrás de esas cifras hay un trabajo continuo para reunir a los artistas con el público y mantener una propuesta cultural constante en la ciudad.
Nuestro siguiente paso es fortalecer la sostenibilidad del club, ampliar nuestra comunidad y profundizar los vínculos con los circuitos musicales internacionales. Queremos contribuir a que Quito sea un destino cada vez más atractivo para los músicos que recorren la región y que el club forme parte de la experiencia cultural tanto de quienes viven aquí como de quienes nos visitan desde otras ciudades y países.
También buscamos llegar a nuevas audiencias a través de nuestras sesiones grabadas y de propuestas que conectan el jazz con otras artes. Mi visión es seguir creciendo en alcance y oportunidades para los músicos, preservando la intimidad, la calidad artística y la identidad que hemos construido durante estos años.
¿Cuál es el próximo gran movimiento de la empresa o proyecto y qué puedes adelantarnos hoy sobre él?
Nuestra meta es fortalecer las conexiones regionales y construir un circuito de encuentros que reúna al gran talento nacional con artistas internacionales que quieran compartir su música en Quito. La visita de Mark Walker por el Día Internacional del Jazz en marzo y los conciertos de Randy Johnston esta semana, son algunos de los pasos que hemos dado en esa dirección. Queremos que el Quito Jazz Club sea un lugar que los músicos deseen conocer y donde surjan nuevas colaboraciones y experiencias para el público. Estamos trabajando en nuevas posibilidades para dar continuidad a esos encuentros; al mismo tiempo, preparamos una experiencia especial en el club para melómanos y amantes del jazz, cuyos detalles iremos revelando a su tiempo.
¿Qué consejo práctico le darías a alguien que quiere convertir una idea en un negocio?
Le diría que se permita explorar por lo menos cinco ideas antes de definirse. Muchas veces uno sabe lo que quiere transmitir, pero necesita varios intentos para encontrar la forma que realmente lo represente. Cada prueba permite escuchar al público, reconocer qué funciona y ajustar lo que todavía falta.
Mi consejo es empezar con algo, observar la respuesta y seguir afinándolo sin perder de vista el propósito. La claridad también se construye haciendo: no hace falta tener todas las respuestas para dar el primer paso, pero sí la disposición de aprender, adaptarse y perseverar ante los retos del camino.



